Por Mookie Tenembaum
Palantir (PLTR) es la empresa más difícil de clasificar del siglo XXI. Todos intentan ubicarla en alguna categoría conocida como software, defensa, inteligencia artificial, big data o consultoría. Sin embargo, en todas encaja mal ya que no tiene vendedores, no hace publicidad, no persigue usuarios ni volumen. Sin embargo, vale más de $400.000 millones de dólares y crece como si cada trimestre fuera una expansión imperial. Los analistas financieros la juzgan con los parámetros clásicos de valuación como veces ventas o veces beneficios, y concluyen que está sobrevalorada. Pero lo que no entienden es que Palantir no es una acción tecnológica, es una prima de poder.
La empresa nació en 2003 con la idea de aplicar herramientas algorítmicas al análisis de inteligencia después del 11 de septiembre. Su fundador, Peter Thiel, entendió algo antes que nadie: los gobiernos no necesitan solo software, necesitan comprender datos. Desde entonces Palantir se convirtió en el traductor institucional del caos de información del Estado. Su modelo no consiste en vender licencias ni ofrecer servicios remotos, sino en enviar “ingenieros desplegados” que viven dentro de las organizaciones cliente, a veces durante años. Esos especialistas no son comerciales, ni técnicos de soporte sino observadores y reformadores. Se insertan en el aparato militar, judicial o sanitario y reconfiguran su modo de operar. Cada vez que un ingeniero encuentra un nuevo patrón de datos o una estructura ineficiente, ese conocimiento vuelve a la matriz central y mejora el producto para todos los demás clientes. Así Palantir aprende lo que ningún otro sistema puede aprender, cómo funciona realmente el Estado desde adentro.
Ese proceso convierte cada contrato en un vínculo orgánico. Cuando una dependencia adopta el software, su estructura se reorganiza alrededor de él. Cambiarlo equivaldría a reeducar a todo el personal y rediseñar los flujos internos de información. Por eso Palantir no tiene vendedores, cada cliente satisfecho se transforma en el siguiente vendedor, y cada migración institucional genera una cadena de adopciones. No hay marketing posible que compita con un general que recomienda un sistema que le salvó una guerra de datos.
El fenómeno es único porque no depende de modas tecnológicas ni de narrativas de mercado. Mientras la mayoría de las empresas de inteligencia artificial viven del entusiasmo especulativo, Palantir vive de la inercia estatal. Sus contratos con el Departamento de Guerra, el Servicio de Inmigración y gobiernos europeos son multianuales, renovables y blindados por cláusulas de seguridad nacional. No se interrumpen con los ciclos políticos, sino que se heredan. Un nuevo presidente puede cambiar la retórica, pero no el sistema operativo de su gobierno. Incluso si un futuro mandatario redujera el gasto militar, el andamiaje de datos es indispensable para controlar fronteras, epidemias o ciberataques.
Ese punto es crucial, ya que Palantir no depende del gasto en defensa sino de la lógica extendida a toda la administración pública. La empresa no provee armas sino la matriz que gobierna un mundo percibido como riesgoso. Su producto no es un software, es una doctrina: que toda actividad humana puede ser modelada, anticipada y neutralizada mediante correlaciones de datos. Esa idea no pertenece a Trump ni a Biden, sino al Estado moderno.
Esa es también la razón por la cual su modelo es casi imposible de imitar. Las compañías como OpenAI o Anthropic pueden copiar la forma, enviar equipos técnicos, ofrecer IA aplicada, pero no el fondo. Estas empresas carecen de habilitaciones de seguridad, de relaciones históricas con inteligencia y de la estructura de confianza que Palantir construyó durante dos décadas. Sus ingenieros desplegados no son intermediarios tecnológicos, sino agentes con acceso a información clasificada y capacidad de decisión operativa. No hay paralelo posible en el sector privado.
El mercado, sin embargo, sigue leyendo a Palantir con la gramática de Silicon Valley. Se la compara con Nvidia, con Microsoft o con Salesforce, y el resultado parece absurdo. Se dice que está “carísima” porque sus múltiplos son astronómicos. Y lo están, si uno asume que se trata de una empresa común. Pero su valor no surge de la rentabilidad sino de la permanencia. Palantir no cotiza por lo que gana, sino por lo que representa. Y eso es la infraestructura invisible del poder occidental. Su precio es una función del lugar que ocupa dentro del ecosistema político, más allá del mercado tecnológico.
Por eso su fortaleza es su riesgo. Cuanto más indispensable se vuelve para los gobiernos, más dependiente es de ellos. Cualquier cambio en la arquitectura de poder, como una redefinición del rol del Estado, un giro hacia la descentralización de datos, una legislación sobre soberanía algorítmica, afectará su núcleo de legitimidad, porque dejará la idea de control total que la hizo necesaria. Hoy eso parece improbable, pero la historia de la tecnología demuestra que los paradigmas no se derrumban cuando se debilitan, sino cuando surgen otros que los reemplazan.
La pregunta final es si Palantir es una excepción irrepetible o el primer ejemplo de un nuevo tipo de compañía, con entidades híbridas que combinan poder político, infraestructura digital y presencia institucional permanente. Es posible que veamos surgir “otros Palantir” en sectores distintos como energía, salud o finanzas. Allí, la integración entre datos y decisión política se vuelve inevitable. Sin embargo, no serían competidores, sino réplicas conceptuales de empresas que, en lugar de vender productos, se incrustan en las funciones vitales del sistema y viven de la imposibilidad de ser removidas.
Entender Palantir no es comprar o vender su acción, sino reconocer que estamos frente a un modelo que redefine la frontera entre empresa y Estado. En un mundo que ya no distingue seguridad de gobernabilidad, Palantir no se parece a nada anterior porque nació para ocupar ese vacío. Es la excepción dentro de la excepción: una compañía que no vende tecnología, sino continuidad.
Las cosas como son
Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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