Por Mookie Tenembaum
Robinhood nació con la promesa de democratizar las finanzas. Su lema era simple: cualquiera podía invertir desde el teléfono, sin comisiones, intermediarios o grandes conocimientos. Esa idea, que en su momento liberaba al pequeño ahorrista del poder de Wall Street, abrió la puerta a una forma mucho más sofisticada de riesgo: la ilusión de acceso.
Hoy, con su nuevo plan para permitir que inversores minoristas participen en empresas privadas de inteligencia artificial (IA), esa ilusión alcanza su punto más extremo. Robinhood propone un fondo cerrado que invertirá en un puñado de startups de IA, empresas que ni cotizan, ni publican balances, ni tienen liquidez, con la promesa de “dar acceso” a la revolución tecnológica. En la práctica, lo que hace es trasladar a los pequeños inversores el riesgo que los grandes fondos ya no quieren asumir.
Cuando una empresa no cotiza en bolsa, su valor depende exclusivamente de acuerdos privados, en rondas entre capitales de riesgo que inflan los precios unos sobre otros. Ese es el modelo que permitió que compañías sin beneficios multiplicaran su valuación por diez o por cien solo porque se las considera parte del boom de la IA.
Ahora, al permitir que cualquiera participe indirectamente de esas valuaciones, Robinhood convierte ese riesgo en producto de consumo masivo. El problema es que fondo cerrado no permite retirar el dinero cuando se quiere, si el mercado cae o si la burbuja de IA se desinfla, los inversores quedan atrapados.
En la lógica de Robinhood, los mismos usuarios que antes compraban y vendían acciones con un clic pasarán a invertir en activos ilíquidos que pueden tardar años en rendir, si es que rinden algo. Esa contradicción entre inmediatez y encierro muestra la verdadera naturaleza del cambio, no es una democratización del capital, sino una expansión del riesgo hacia la base. Y Robinhood no está sola, hay varias grandes gestoras en el mismo camino. Fondos como Blackstone, Apollo o Blue Owl diseñan productos para captar dinero minorista con la excusa de “acercar el mundo privado” a nuevos inversores.
Detrás de ese discurso hay una realidad incómoda, el capital institucional ya saturó su exposición a activos privados, y ahora busca liquidez fresca para sostener las valuaciones infladas. El dinero minorista cumple esa función como combustible para mantener encendida una maquinaria que necesita cada vez más entrada de fondos para que los precios no se derrumben.
En ese sentido, la estrategia recuerda al auge de los derivados inmobiliarios antes de 2008, cuando instrumentos complejos fueron presentados al público como oportunidades seguras. La diferencia es que ahora el envoltorio es tecnológico y la narrativa es de innovación. El pequeño inversor no ve que asume riesgos propios del capital de riesgo, como la falta de transparencia, dificultad para valorar, iliquidez total y dependencia de la confianza. Cada una de esas características puede destruir el capital de quien no entienda que una startup de IA no es una acción de Nvidia, ni de Google, ni de Amazon. Es una apuesta sin red, donde el precio lo define un acuerdo privado entre fondos que no tienen obligación de revelar nada.
El riesgo de esta tendencia no está solo en la posible pérdida de dinero, sino en el deterioro de la noción misma de inversión. Cuando se confunde acceso con control, el pequeño inversor cree que participa en la innovación tecnológica cuando en realidad apenas compra un reflejo tardío de esa disrupción, empaquetado y vendido por las mismas plataformas que antes lo llevaron al frenesí de las meme stocks. La historia se repite, con el entusiasmo, el lenguaje del acceso, la promesa de estar “en el futuro” y, detrás, una estructura diseñada para absorber dinero minorista en instrumentos que no se pueden vender ni auditar.
Lo que comienza como un gesto “democrático” termina en una trampa de iliquidez. Y como todo ciclo especulativo, el peligro no se percibe al principio. Mientras las valuaciones suban, la ilusión de pertenecer a la ola tecnológica parecerá una recompensa. El problema aparece cuando esa ola se detiene, y los inversores descubren que no hay salida, que el dinero no se puede retirar y que nadie quiere comprar su parte del sueño.
Robinhood y las demás plataformas que promueven esta clase de acceso crean una versión digital del viejo esquema de los tulipanes: un mercado secundario sostenido por la expectativa de que siempre habrá otro dispuesto a pagar más, hasta que no lo haya. En ese punto, la democratización se convierte en colectivización del riesgo. No es el futuro de la inversión, sino la extensión del casino financiero a cada bolsillo. Quien crea que está invirtiendo en IA probablemente esté financiando la publicidad que sostiene la burbuja.
Las cosas como sonMookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.
